DEBERES SÍ, DEBERES NO

Como en tantos temas relacionados con el mundo de la educación, el debate está servido. Y es lógico hasta cierto punto que, en un marco democrático y de pluralismo ideológico, existan distintas opiniones, incluso enfrentadas, sobre un mismo tema.
Lo que empieza a parecer sospechoso es que las distintas opiniones sobre este tema sean enarboladas por unas u otras opciones políticas para terminar hablando al final de eso, de política y, por tanto, traduciendo esas opiniones en opción de voto, que es la única moneda de cambio que tristemente entienden muchos de nuestros políticos, bien para mantener a sus fieles, o para captar nuevos clientes.

Y es que en este país se habla mucho de política, casi tanto como de fútbol, pero de educación..., de educación se opina, ¡o se sufre!, pero ya Platón nos explicó que no era lo mismo conocer (episteme) que opinar (doxa). Platón formula una diferencia muy importante entre ambos términos. Para él “episteme” es el auténtico conocimiento, es decir, el conocimiento científico y se contrapone a la “doxa” que sería la creencia, opinión, noción etc. (Peñaloza 1995, citado por Ñaupas et al, 2013).

Así pues, en este país somos muy de "doxa", pero poco de "episteme" y más cuando se trata de materias como la educación. Todo el mundo opina, todo el mundo lleva dentro de sí un entrenador o seleccionador de fútbol, un político, incluso un maestro, pero no un científico, un científico no, porque son raros, usan palabras técnicas y casi nunca salen en la tele; futbolistas, políticos y tertulianos... ¡eso es otra cosa!

Partiendo de este planteamiento, hay pocas cosas que no encuentren su virtud en el punto medio, que diría Aristóteles, y es que para poder arrojar luz sobre cualquier tema no debemos ni desenfocarlo ni sobredimensionarlo.

Y a mi juicio (esto es “doxa”) el tema de los deberes escolares se ha desenfocado socialmente y se ha sobredimensionado políticamente, por las razones de captación de voto antes mencionadas.

Pero continuando con mi opinión (seguimos en “modo doxa”), creo que se ha desenfocado socialmente porque se ha puesto el acento del debate no en los deberes en sí, ni en sus efectos positivos o negativos sobre el educando, sino en las consecuencias sociales, o sociofamiliares, que la realización de los mismos puede suponer como impacto en las dinámicas familiares, simpáticamente reflejado por otra parte por el anuncio de la marca de muebles que aboga por la “cenalogía”. Pero yo me pregunto, ¿quién no quiere tener una cena tranquila con su mujer o su marido y sus hijos en la que después de no haberse visto en casi todo el día por la incompatibilidad de horarios escolares y laborales no haya que abordar ningún conflicto mientras el “sujeto de la oración” se empuja un bocadillo de jamón? La cosa es de sentido común, la cena…tranquila, y los deberes…que te los expliquen en la escuela, que para eso les pagan. Razón no les falta, pero la pregunta del millón es, ¿qué ha hecho un niño (o qué no ha hecho) para llegar a la hora de cenar con los deberes sin hacer?

Se me ocurren, al menos, tres opciones generales con sus subapartados específicos:

a)     El niño llega a la hora de cenar con los deberes sin hacer porque no ha tenido tiempo a hacerlos primero.  El debate pasa ahora al de la actividades extraescolares, el riesgo de sobreactividad y el análisis de las razones por las que apuntamos a nuestros hijos a actividades extraescolares:

  • Contribuir a su formación integral y el desarrollo de las inteligencias múltiples (en breve hablaré de este tema en el Blog)
  • Tener al niño “atendido” hasta que nuestro horario laboral nos permita “pasar a recogerlo”. Este tema, el de la conciliación familiar y laboral , sí sería más objeto de debate político que científico, pero mira tú, en los debates políticos no hablan tanto de él.

b)     El niño llega a la hora de cenar con los deberes sin hacer porque no sabe hacerlos y busca la ayuda de sus padres. Aquí cabe hacerse al menos dos preguntas:

  • ¿Los deberes que se mandan no están al nivel de repaso de aquello que ya se ha explicado en clase y que el alumno tendría que saber hacer? o ¿es que el nivel del alumno está por debajo del nivel general de la clase (en cuyo caso se tendría que adaptar a su nivel)?
  • Los padres ¿quieren y pueden ayudarle?, ¿quieren pero no pueden (por incompatibilidad laboral, por no tener el adecuado nivel cultural o, en cualquiera de los dos caso, además no pueden pagarle unas clases particulares)? o la última opción, ni quieren ni pueden. Aunque me duela reconocerlo, esta opción, desde mis 20 años de experiencia en Educación, ha crecido significativamente en los últimos años a la par que la dejadez de “obligaciones familiares”, pasando a ser en muchos casos la unidad familiar un “sálvese quien pueda”.

c)     El niño llega a la hora de cenar con los deberes sin hacer porque no le da la gana hacerlos, o , para decirlo de forma “políticamente correcta”, porque las tareas formuladas por el docente para su realización en el contexto casa no han sido lo suficientemente motivadoras como para provocar en el educando el impulso intrínseco de hacerlas. La razón de llegar a esta situación es, en muchos casos, la explicada en el punto b ii. Lo único bueno de esta situación, es que el niño tampoco intentará hacerlos a la hora de cenar, por lo que “no nos dará la murga”, y todos tan contentos.

Parece claro que, vistas así las cosas, la eliminación de los deberes nos borraría de un plumazo todos los problemas y tesituras descritas. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Pero este análisis superficial que hemos hecho nos obliga a plantearnos algo: ese perro que matamos por rabia, ¿para qué nos servía antes de contraer dicha enfermedad?, es decir ¿cazaba?, ¿cuidaba la casa? y, sobre todo ¿quién va a hacer ahora esas funciones?, ¿otro perro?, bueno… a ver si va a ser el mismo perro con distinto collar…

En definitiva, que a este análisis social del tema de los deberes hay que añadir el análisis científico-técnico desde el ámbito educativo (ya entramos en “modo episteme”), generando al menos otras dos preguntas:

1.     ¿Qué aportan o para qué sirven los deberes en el desarrollo educativo del alumno?. Según algunas investigaciones (Núñez Pérez, J.C.) parece que los defensores de los deberes mantienen que fomentan los siguientes beneficios:

a.      Beneficios académicos a corto plazo:

  • Mejor retención del conocimiento
  • Mayor comprensión
  • Mejor pensamiento crítico, formación de conceptos, procesamiento de la información, …

b.     Beneficios académicos a largo plazo:

  • Más aprendizaje durante el tiempo libre
  • Mejora de la actitud hacia la escuela
  • Mejores hábitos de estudio y habilidades

c.     Beneficios no académicos:

  • Mayor auto-dirección
  • Mayor auto-disciplina
  • Mejor organización
  • Más curiosidad por el aprendizaje                                                         

2.     ¿Qué características deben de tener dichos deberes (longitud, duración, nivel de dificultad…) para que cumplan esas funciones?

Es decir, se trata de trasladar el debate de “lo políticamente correcto” a lo “científicamente efectivo”

Pues bien, llegados a este punto os diré que el objetivo de este Blog no va a ser “demostrar científicamente nada”, sino centrar aquellos temas educativos que accidental o intencionalmente se hayan desenfocado, desde mi punto de vista, y remitiros, para quienes queráis profundizar en dichos temas, a aquellos estudios científicos que sí lo han hecho, (Referencias).

Como resumen de lo abordado os diré que yo SÍ soy partidario de los deberes SIEMPRE QUE SE CUMPLAN LAS SIGUIENTES CONDICIONES:

  • Han de ser un repaso de lo que los alumnos ya saben hacer. Se trata de que mediante los mismos formemos en los alumnos un hábito, un procedimiento de aquello que ya saben, que ya comprenden. El docente sigue avanzando en clase mientras los alumnos van repitiendo durante un tiempo en casa ejercicios de repaso de determinados procedimientos (lectura, escritura, cálculo, análisis de oraciones, realización de esquemas y o resúmenes diarios de los explicado en clase…)
  • No debe haber una saturación de ejercicios del mismo tipo, esto produce fatiga y a partir de determinado número de repeticiones no mejora el rendimiento. Es más factible mandar tres o cuatro operaciones aritméticas o análisis de oraciones durante un mes que el mismo número de ejercicios total en una semana. Recordemos que el alumno no debe de aprender en casa, sino mantener lo aprendido y corregido en el aula.
  • El alumno tiene que encontrar en el aula cierta “recompensa” (puntos positivos, aumento de la nota…) de su realización en casa. Podríamos entrar aquí en el debate de si es mejor recompensar a quienes hacen los deberes o castigar a quienes no los hacen. Yo sería partidario de lo primero.
  • Ha de haber una buena coordinación entre el profesorado para que todos sean conscientes de las tareas que los otros profesores les mandan a la hora de sumar las suyas. En la ESO, un buen criterio suele ser no más de diez o quince minutos por materia, partiendo del hecho de que no todos los días se mandan tareas desde todas las materias estamos hablando de un total de hora a hora y media como máximo por día. Si hay una una buena organización por parte del alumno (otro tema para el blog) y mantiene ese ritmo de tareas todos los días no debería haber altibajos de días con tareas excesivas y otros donde dicen no tener nada que hacer.
  • Una buena técnica que me ha funcionado en este tiempo es dejar a los estudiantes tiempo para iniciar la tarea en clase, así se comprueba la comprensión de dicha tarea y se aclaran posibles dudas  antes del final de la clase.
  • El tiempo total de deberes, según el estudio al que me refiero, va en aumento desde el primer ciclo de E.P. a un ritmo de 10 minutos más por ciclo.
  • Por último, en la medida de lo posible los deberes se tendrían que realizar en un mismo lugar y a una misma hora pues, si se trata de mantener un hábito, es importante atender a los estímulos contextuales que nos van a permitir condicionar respuestas tan importantes como, por ejemplo, el nivel de atención. Comentar respecto a este último punto que, las tareas que a determinada hora (las 17:30, o las 18:00) llevan  determinado tiempo realizarlas, este tiempo aumenta a medida que la hora de inicio de las mismas se va retrasando (las 19:00, las 20:00…). Esto es importante si no queremos como padres que, a la hora de cenar, un “sujeto” nos impida “empujarnos” el bocadillo de jamón.

 De no ser así, para no hacer las cosas bien, quizás vale más no hacerlas, pero dando siempre razones (episteme), no opiniones (doxa).

Referencias:

Carrillo, V. J. B., Sierra, A. C., Loaisa, A. J., González-Cutre, D., Galindo, C. M., & Cervelló, E. (2017). Diferencias según género en el tiempo empleado por adolescentes en actividad sedentaria y actividad física en diferentes segmentos horarios del día. Retos, 31, 3-7.

Regueiro, B., Suárez Fernández, N., Valle Arias, A., Núñez Pérez, J. C., & Rosário, P. (2015). La motivación e implicación en los deberes escolares a lo largo de la escolaridad obligatoria. Revista de Psicodidáctica, 20 (1).

Valle, A., Fernández, B. R., Pérez, J. C. N., Fernández, N. S., Rodríguez, C. F., & Canedo, M. D. M. F. (2016). Percepción de la implicación parental en los deberes escolares y rendimiento académico en estudiantes de Secundaria. Revista española de pedagogía, 74(265), 481-498.

Valle, A., Pan, I., Núñez, J. C., Rosário, P., Rodríguez, S., & Regueiro, B. (2015). Deberes escolares y rendimiento académico en Educación Primaria. anales de psicología, 31(2), 562-569.

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